Mis pies están sobre la almohada y mi
cara entre las manos. Es tarde y mi cuerpo que sabe donde está y que debe
dormir no consigue coincidir con mi
neurosis y los dáctiles movimientos que ésta provoca sobre el teclado.
Esta noche podría ser la última de
mis codos y mis rodillas sobre este colchón, de la espalda sin masaje y los
pies sobre el muro. Ahora que no hay luz y que estoy sola debo cerrar los
ojos para ver si mañana tendré el mismo
cielo por techo, si mi estomago se quejará hambriento de los mismos miedos, si debo esperar a que sea
de día para que mis manos no vuelvan a teclear suave en una noche como ésta.
Si tengo extraviada el alma tal vez
salga pronto a buscarla, si me preguntan como es tal vez baste un renglón para
describirla, pero si preguntan dónde buscar no bastarán todos los lugares, los
rostros, los besos y los momentos para que
aparezca completa…
Mi disperso y atolondrado corazón no
conseguirá el acompasado y tranquilo
ritmo del amor bien medido, con la mesura de quien sabe no ha de perder lo
ganado; mi corazoncito bugüi-bugüi saltará siempre de un lado a otro sin ritmo
y sin mesura, sin ganancia probada y sin amor eterno.
Por mi cuerpo no hay que preocuparse más de los debido, se arropará en la cama de casa de mamá, la cama de siempre , y mañana tendrá las energías suficientes para abandonarse de nuevo a la búsqueda de una yo que encuentre las piezas que articulen mi cabeza, mi corazón y los pasos que a diario voy dando.